Huele a cebolla y me regala el recuerdo, el aroma de cuando podía llorar por algo.
De cuando las tardes de lluvia eran otra historia que vivir, sin realidad alguna.
Huelen mis lamentos a las palabras que nunca salieron a ninguna parte. Porque esa tarde hacía frío y no querían volver sintiendo que no debieron huir.
Huele al olor del amor que me interroga y me hace dudar de cuántas vidas hace que te estoy echando de la mía.
De cuántos paisajes visitaremos sin ir a ninguna parte sólo porque tengo miedo de q los parajes me decepcionen.
¿Quién no prefiere morir de ausencias a ser sepultado por la presencia de una realidad incauta?
Pues yo dudo. Dudo que las palabras no quisieran salir en esa tarde de frío.
Dudo que el dudar aprese un amor basado en fábulas.
Huelen mis silencios a las cebollas que ya no me dejan llorar por miedo a las palabras que nunca diremos, los parajes que nunca visitaremos y las vidas que no seré capaz de pasar a tu lado.
Y las tardes cesan la lluvia, los silencios juegan a decir palabras y el olor de un recuerdo será una incauta realidad.
Nuestra incauta realidad.
Huele a cebolla y me otorga el recuerdo, el olor de cuando podía llorar por miedo. De las respuestas que confiesan que ya no hay más vidas de las que yo pueda echarte.
De las palabras que juegan a ser silencios y nos anuncian que los atardeceres ahora son prisioneros de las fábulas.
¿Quién no prefiere morir de infamias a ser sepultado por la levedad de las equivocaciones?
Pues yo lo dudo. Dudo que el dudar evite errores.
Y aprese las fábulas que inventamos para domar las cosas pequeñas que nos hacen llorar. Y el silencio nos cuenta que siempre existirán las cebollas, siempre huirán las palabras, siempre nos quemará la lluvia…
Escrito hecho en algún autobús, que pasaba por alguna calle, de una ciudad cualquiera.