Que no llegue el verano, por si me encuentras dormida en la anorexia de un ayer incierto.
Que no sospeche el sol que cuentas mis lunares dos veces para volver a casa.
Que te condenen las dríades a escuchar mentiras con la forma de mi boca.
Y que en todas las guerras me ganes a mí.
Que Roma sea la lluvia en tu pelo y tus dedos, la única voluntad del César.
Que yo te impero como el único verso de amorque no se rompe.
Como un tártaro cerrado por derribo, ad libitum de un solo hombre.
Como el penúltimo invierno en que conspiro para medirte en certezas, mientras Aníbal llamaría a su ejército por todos tus nombres.
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