Digo miedo y aparece un resquicio
entregado desde el ocaso por ti
antes de jurar que me perderías.
Grito y te alejas
pero las tribulaciones nos han sido impuestas
y ese dolor que nos precede
ahora es cal de una playa cualquiera.
Pienso y te acercas.
Me convences
de que las declinaciones son conjeturas
son solo parte de un juego siniestro.
Pero me voy y tú solo puedes mirar.
Era aquello que olvidé lo que tortura
lo que se ensaña con una acción irrevocable,
con una posibilidad inicua o un corazón roto.
Era tu atracción desgarradora
perdida en el momento.
Era parte de un respeto que faltaba o
de una decadencia mutua.
Pero vuelvo.
Quizá una tarde o una noche en un infierno común.
Yo no sé si tú esperabas
o ya te has ido
o ya no estabas.
Pero regreso.
Y el tiempo nos cede un instante.
Perpetuo, imperceptible en la eternidad
pero único.
Te miro y el silencio me ordena
que te pregunte porque cada vida
me devuelve a ti.
Porque entre las desavenencias
que nos definen
no deseamos ser más,
que prófugos
en una batalla
que solo
sea nuestra.
