Nadie adivinó nunca
si esa chica se parecía a ella.
Si alguna vez,
la salvaron de algún naufragio
o quizá siempre quiso
acabar en aquella isla
que eras tú.
Pongamos que hablo de Elena,
aunque no causara guerras
ni matara a Aquiles
hablo de una princesa
que sabe
apretar el corazón
con un tributo.
Cuando Elena me cuenta historias,
yo sé creer cada palabra
como si fuera la única
que puedo pronunciar.
Aunque a veces
mis ojos no quieren leer
de ella,
por si se quedan ciegos
de amor.
Cada vez que la veo
viste de color sonrisa
y si dice «cariño»
me convierte en una niña
que no sabe qué decir.
Será que nunca la espero
con esa alegría desmedida
con esos ojos
que quieren enseñarme el mundo
y contarme por qué tus dudas pesan
más que su vestido.
¿Y si ella fuera la chica del geranio que murió
por déficit de tus lágrimas?
¿Y si en su luna
aún quedan ventanas tapiadas
para que no salga el.invierno?
¿Y si Elena
es un poco cada letra
que trazan sus delgadas manos?
Entonces,
tendremos que releer
cada retazo
para encontrarla
y confesarle al tiempo
que hemos hayado
a la mujer de ojos verdes
que como Melquíades
escribirá el final de este cuento.
Se llama Nuky, o a veces
Elena
o a veces
la chica
que me hace bailar
al son de vocablos que inventa
para contar un pedazo de historia
en algún edificio derruido.
Pasan los años por nosotras
y nos puede la esencia de
una conversación en el autobús
sobre las carreras
que nos alejan
de los vicios
nacidos para tentar.
Y pasan los años
y con esa manera de fruncir el ceño
me recuerda
que sigue siendo la misma niña
que me hizo llorar
en aquel teatro
mientras sus labios me provocaban
susurrando
«…Y supongo que a pesar de todo
sigo confiando en ella»
El mismo día que se convirtió
en mi mentora
en mi guía
que detiene mis palabras veloces
y las obliga a hacerse amigas de las pausas
de la sencillez
de las historias
que son también hermosas
con palabras comunes.
La que acelera mis pulsaciones
con versos
en consonacia.
Elena
con la que la eternidad
se convierte en sesenta segundos
perfectos.
La que cuenta historias
con palabras que se independizan
de los diccionarios
en los que «cariño»
si lo dicen sus labios
sigue encontrando una niña
que no sabe qué decir.
Para Nukyland.
