Cada cinco segundos,
muere una célula.
Después sólo fingimos seguir aquí.
La comodidad del fango
es igual a la dicha de los cobardes.
Se suma un segundo
y las rosas despiertan
al son de nuestros pasos.
Cada cinco segundos
alguien aparece de repente.
Es mencionado
de alguna insólita manera.
Pero nunca podremos asegurarles
durante cuanto tiempo.
Olivia tardó en rugir
lo que tardaron en morir
tres millones de células.
Después solo fingimos
que eran las mejores que tenía.
Nunca entendimos porque algunas menciones
tienen prisa por marcharse.
Desde entonces,
cada cinco segundos
alguien nos confiesa
que si superamos la muerte del sol, cada día,
somos irrebatibles para el universo.
La inmortalidad de las dudas
es asesinada por
un electrocardiograma plano.
La habitación número seis,
tiene un papel lleno de líneas infinitas.
Pero son rectas.
Y entre el fango
se descubre
que lo único certero
es la ausencia de dolor
entre trazos que no convergen.
Cada cinco segundos
alguien compra un billete
para partir con el sol.
Se suma un segundo
y obsequiamos la conjura
de los gatos dormidos,
con las risas de las voces
que luchan por no perderse.
Después solo fingimos surcar
nuestro propio electrocardiograma.
Para seguir escuchando
como ruge Olivia desde el otro lado,
o preferir ver partir al sol
aunque eso nos convierta en cobardes.