Al amanecer se le llama Alba
quizá por ese brillo tenue
o por el sacudir del polvo pisado
de aquello que nunca fuimos.
A los páramos que distan demasiado de un recuerdo conocido
también se le llaman Alba.
Nadie sabría decir cuantas nubes portan ese nombre.
ni cuántas camas
ni cuántos ruegos.
Nadie sabría decir jamás
porque a mí, su nombre,
me recuerda a una flor
que soportó los inviernos
sin suponer.
Ella me habla de Oasis,
de cómo distinguir el negro
en el día más brillante,
ella me salva de mis demonios dejándoles jugar con los suyos.
Ella sabe cómo hacer que el mundo se detenga mientras habla.
Alba, quizá, sea el nombre asignado
a aquellos que han nacido
para despertar el sol,
o quizá sea la forma de decir
que si ella sé amara
podría detener el tiempo,
podrían sobrar las velocidades
y morir los juicios.
Al amanecer se le llama Alba,
quizá por ese fulgor incandescente
o porque ahora sabe sacudir
el polvo de aquello que nunca fue.
Y al perdón a todos los pecados
al remorder de la conciencia permitida
al único sol que nunca duerme
y a la mejor amante de sus propios huesos, también se le llama Alba.