Observo a la mujer de negro,
me pregunto si espera
o si sólo se deleita.
Me cuestiono sus visitas y en un segundo de reflexión,
me inquieta el saber cómo aguarda.
Esperar es arriesgarse al abandono, quizá, como lanzarse de un octavo piso,
sin cuerda
y que la fe denuncie a la esperanza.
La mujer, calza tacones,
cruza las piernas
y sin polvo en los pómulos
resarce el tiempo.
La mujer podría vestir todos los nombres posibles,
pero mi intuición,
me dice que se llama Carla.
Llevo mirándola un rato,
tienta el café,
lucha con las cosas que se esconden en el bolso,
coloca su sombrero
y se repasa los labios otra vez.
Si su nombre fuera Carla,
no esperaría llamadas tardías
ni lloraría por ninguno.
Si se llamará Carla,
el mundo retrasaría, por ella,
el silencio de un café que nunca palidece
o el carmín que se traza infinito.
Mira hacia los lados, pero no parece insegura.
Quizá sólo se ha vestido como una reina
para que el ruido de sus nervios sea un orgasmo
Quizá Carla se ame,
y todos los zafios que la juzgan,
tengan pasaporte a un infierno
sin sus labios.
Carla, se levanta, deja unas monedas por la prisa y las molestias de aquellos que aguardaban a su rey más que ella.
Coloca, en el último momento, su sombrero y cae.
Debimos haber aprendido a no confundir el coñac
con el veneno,
cuando se trata de una taza de café.
Debimos haber aprendido, que era demasiado guapa para huir de los demonios.
Debimos haber aprendido, que Carla sólo espera por la muerte
y nunca aprieta la cuerda sin repasarse los labios, otra vez.