Cinco minutos,
a veces,
pueden cambiar
el mundo.
Si los barcos de papel
ganaran la batalla
la tinta trazaría la línea
como una prófuga.
Como la primera estación
en que bajan los desertores.
Cinco minutos
bastaron para afilar demasiado
los lápices.
Y despojar el alma
de los trazos del regreso.
Un titular dice hoy
que sesenta y seis días son suficientes,
para contar desde cero.
Debí haber tardado
un poco más en querer
que tus dedos surcaran mis horas.
Debí haber reparado,
en que la vida
dura lo que tardas
en decidir si merece la pena
el café del desayuno,
aunque esté frío.
En dormir sin avales,
en ahogar los dramas,
en el mejor whisky
y ser acusado de homicidio.
Sesenta y seis días,
es demasiado pedir
para estos tristes caminantes.
Y nosotros,
devoradores de miedos,
esclavos de las falacias,
poetas de la culpa.
Artistas demoliendo risas,
jueces de la prisa,
dictadores de las ganas.
Nosotros que nacimos
desterrados del coraje,
sólo pretendemos
abrir los ojos y
callar preguntas.
Y que nos guarden
un sitio en el averno
los sueños vendidos
por ello.
Nosotros ignorantes,
nosotros kamikazes
que prefieren
el crujir de un verso.
Benditos seamos.
Y benditas las injurias
y los vicios
y la ausencia de preguntas.
Y bendito el frío del café
y bendito el whisky
que surca en el papel
de mi garganta,
donde se exculpan las puntas.
Donde tardas
en beber un trago frío,
tan sólo cinco minutos.