Íbamos a viajar a Nueva York,
después, llegó
el invierno menos soneto,
menos adicto a los filtros.
Y, ahora, me pregunto
¿quién se queda
con Manhattan?
Busqué el norte
en una brújula resquebrajada.
Llegaron, entonces,
los coches saciados de informes,
las ‘Cáceres’ con prisa,
los olores sin patente.
Y, ahora, me pregunto
¿quién se queda
con el beso de esa lengua?.
Quién amanece
en Brooklyn,
pintando las mismas calles,
en las que pierde
el primero que para.
Quién se queda con
el verbo amar y su silencio.
¿Quién cuidará
de Queens
y sus cuentos
de herederas que
destierran a la luna?
Con los poetas
nacidos en el Hudson.
Con carteles
de publicidad que anuncian,
que yacer pintada
es morir de menos.
Quién se disculpa
ante Federico,
por tener como mayor pecado
la soberbia.
Quién me escucha
recitar que
‘La vida es
un cuento que cuenta
un idiota,
lleno de ruido y de furia,
que no significa nada’
Íbamos a comernos
el mundo
y cuando el orbe,
nos devoró las entrañas,
yo simplemente pregunté:
«¿Quién se queda con Manhattan?»