Nos quemará la lluvia
como si todos los días,
fueran 14 de Octubre.
Como el único suspiro de alivio
mientras el destino
nos obliga a jugar
a la ruleta de la muerte.
Te busqué cada noche
reflectado
en el vaivén de un río
carcomido por la culpa
y, en Delfos,
durante siglos,
sólo se habló de tu nombre.
Eres el hijo de la luna,
la armonía desafinada
la mínima distancia
entre mi pelo y el cielo.
Eres la razón
por la que habría
desmembrado mis verbos.
Eres el ‘pero’,
eres lo que queda,
cuando el coronel Buendía,
se blande altivo
para saldar su deuda.
Eres un Otoño
en el octavo círculo.
Hoy hace 365 lunas,
que se acabó la vida.
Hoy hace un año
que enterramos las cenizas
de lo que jamás seremos
y se me quebró
la última cuerda de una boca,
enferma de soberbia.
Luego empecé
a no querer saber
morir sin ti.
Nos quemará la lluvia
hijo de la luna,
por inicuos siervos
de un Carpe Diem
mutilado por vicio.
Nos calcinará,
y desde entonces
hasta que nos apresen
en el tártaro de los ruínes,
todos los días,
querrán vestirse de Octubre.