Rayaba los cristales
con el primer vistazo.
el segundo,
posiblemente sólo buscara una forma de sostenerse a sí misma la mirada.
Divide la vida en verbos:
Marchar
Volver
Morir.
El Otoño siempre se parece
a las terceras conjugaciones.
No le gustan las guerras,
ni los egos,
ni amar demasiado
apostándose los dedos de su mano favorita.
Pero él,
él era siempre la astilla,
el pedazo de pastel con ganas.
La diferencia entre la cólera
y el billete a un cielo de cinco minutos.
A ella le gustaba mirarle
destrozar servilletas
y bajarle los vistazos
mientras ganaba la guerra.
«Déjalo ser»
Le decía.
Él cerraba la puerta, otra vez.
Adoraba
verle tentado,
comiéndose los nervios
en un cigarro.
Él era el poema
exento de despedida.
El soliloquio de los lunes,
la batalla del martes,
La duda del miércoles.
Él era todo lo que a ella,
le apetecía desayunar.
Rayaba los cristales
con el último vistazo que él le regalaba,
incluso si hubiera tropezado
por beberse los segundos.
Incluso si se hubiera detenido el tiempo
y lo último que él admirara,
fueran sus labios sonriendo.
Como si con él cerca,
el Otoño sólo fuera un café corto
y las servilletas destrozadas,
la única barrera,
entre su boca y el cielo.
