Me arrancaste el lunes del calendario.
Te hiciste un avión
de los que caen en picado
y rompen las risas.
Me dijiste que el mejor beso
era de mis labios
por eso no podías volver a probarlos
nunca más.
Es como esperar
en la parada equivocada,
un tren que sabes
que no es el tuyo.
Como cada día,
hoy, un poema
sobre cómo abrazar a una mujer,
un despertar adusto,
una denuncia por abandono
en la tierra donde evocas mil nombres
pero ninguno es el tuyo.
Me arrancaste el lunes del calendario
y en el reverso,
se escribieron los nombres
de aquellos que confundieron
el paraíso con los nudos de mi pelo.
Los que creyeron
que los demócratas
girarían a la izquierda.
Los que me llevaron
a la tierra de las maravillas
para romperme en pedazos.
Aquellos que cocinaron
en mi boca,
lamieron mis heridas
hasta que el dolor fue mutuo.
Y brindé
por todos los hombres
que habían amado mis lunares
antes de que yo
supiera contarlos.
Y habló el único
al que mis dedos
querían palpar
y en la calma,
me enseñó
que ya no había más lunes.
Me arrancaste
todos los lunes del calendario.
Y me dejaste sola
con la penúltima excusa en la copa.
Conmigo, esperando un tren sin billete.
Con mi nombre en la punta de la lengua.
Con el último sorbo.
Y brindé.
