A ella le gustaba que el viento le levantara la falda.
Olía a verano.
Los versos se habían marchado con el último amanecer y florecían abanicos donde se quemaban las flores.
Podíamos hablar de cualquier cosa.
Incluso de las que aún no se habían inventado.
Porque ella era el agosto de todos los años, el hielo de cualquier vermú, era el calor.
Ese maldito calor ardiente.
Belén es el resultado de todas las cosas que no se necesitan decir, como que a veces, el vodka blanco se viste de analgésico.
Como que los nuggets son el maná de la tierra prometida.
Como que el ateísmo, se arrodilla cada vez que cruza las puertas de la casa del padre.
Ella no cree en deidades, pero se mancha las rodillas para rezar en cada iglesia.
En algunas llora, y yo, me pasaría la vida preguntándome qué motivo tiene Dios para dejarla llorar.
Pero hay cosas que nunca sabremos.
Ella pasea por las calles haciendo del vuelo de su falda una fiesta nacional.
Y yo la miro, como si todos las palabras que nunca le dije, se sazonaran con sal y limón.
Porque todos los verbos riman con su nombre, todas las mañanas, son desayunos en los que ella se abalanza, todos los cielos, se parecen a Cáceres.
Y ella sólo quiere un café con hielo después de comer y abanicarse para ahuyentar las mentiras.
A ella le gustaba que el viento le levantara la falda y a mi, oírla reir a carcajadas, como si ella fuera todos los agostos.
Como si se pareciera a la única iglesia donde un ateo querría echarse a llorar.