Atacaremos despacio, siendo aliados del tiempo para que éste nos de la libertad.
Cogeremos lo preciso y saldremos cuando la noche aún no haya hecho estragos, entonces esperaremos el clamor del viento que nos guiará por cada camino que hemos decidido recorrer y nos asentaremos donde las brasas aún permanecen calientes.
Comeremos de los restos de otros peregrinos y beberemos el agua que algún portador de bondad nos ofrece. Sonreiremos por la dicha y acabaremos de llenar las tinajas de nuestra inquebrantable ira.
Y cuando la noche esté en su esplendor, los pájaros ya no quieran cantar más por el cansancio y las brasas se hayan convertido en frías piedras, alzaremos nuestra mirada y daremos la estocada final.
Atacaremos entonces con prisa y traicionaremos la confianza del tiempo como si de un amigo se tratara. Ya no podremos cargar con lo preciso y divagaremos por las sendas contra el viento, arrojando las álgidas piedras a los que ayer nos dieron su agua.
Pero no sonreiremos porque nos daremos el lujo de reír con saña por la lucha peleada a pesar de que las tinajas, solo sean añicos.
Y…
Despertaremos despacio, volveremos sobre nuestras pisadas cuando el alba haya quemado los restos de nuestros camaradas y el viento sea un huracán que nos persigue allá adonde quiera que vamos.
Regresaremos donde la lumbre debió chamuscarnos y cederemos a que nuestra piel sea calcinada. Y lo haremos ayudados de una brisa justiciera que se encargará de que recordemos que nunca debimos huir.
Hundiremos nuestra mirada hasta ver que en el más pérfido extraño estamos nosotros, pero ya no querremos sonreír como si la victoria fuese creada para nuestro ego, entonces solo codiciaremos poder respirar un poco más antes de vernos de nuevo en los ojos del enemigo.
Y lloraremos largas noches sin saber que sentir, pretendiendo que aquellos compañeros a los que delatamos vuelvan con nosotros y nos tiendan la mano como si lo de ayer solo fuera pasado.
Y otra vez mas…
Dormiremos lánguidamente insistiendo en que el mañana no dolerá tanto aunque nos espere la muerte.
Abriremos los ojos con indolencia, añorando la libertad y confiando a medias en el tiempo. No cogeremos nada y miraremos al viento como si nunca hubiésemos precisado de su ayuda.
Y justo en ese momento, cuando lo negro de las cenizas apenas dibuje manchas en nuestra piel y hayamos dejado las carcajadas para emular una tenue y tímida sonrisa, podremos empezar a caminar de la mano del más infame de los extraños.