Era el fulgor de las luces atenuadas del día.
El contacto de las voces, la conjugación de la química exenta de catabolismos.
La inexplicable física cuántica de las palabras.
Unas risas en tono irónico, abrir el sarcasmo y cerrar la sensibilidad de las miradas que se encuentran sin querer.
Contacto es mantener el orgullo, duplicar las razones del porqué de los silencios.
Esperar anclados sin una razón, cometer perjurio al hablar sobre que los valores que nos definen, yacen anclados a los pies de una iglesia sin fe.
Contacto es el sonido del cristal contra el cristal.
Viajar a la tierra de nadie y embrujarse con su nombre.
Es el calor, unos labios que se pintan de color más oportuno que coincide con los ojos del verano.
Contacto es la ilusión con la que te miró la primera vez. Y la rotura de sus ojos cuando te vio la última.
O quizá, contacto sean los segundos que pasa sin comprender por qué espera oír tu voz entre acertijos que la concluyen.
Roce.
Fricción de las caricias.
Reducción a lo absurdo de la frecuencia con la que dirigías tus locuciones en dirección a su boca. Eran kamikazes en la batalla que libraron tus prejuicios contra la lógica.
Ganaron ellos. Ayudados de las sobras de aquello que te exoneraba de mudarte de la única piel, que se desprendía de tu aliento.
Contacto es dolor que emana todos los días, dos horas antes de la media noche, cuando el sonido del timbre de una bicicleta confiesa que, a ellas, les gusta perder el equilibrio en Enero y morder las colinas en Agosto.
Ya no se oye ningún ruido.
Ya se ha quebrantado el lamento, en el eco que os pedía regresar de la trampa de los versos de la bella Simone.
Ya se perdió el tiempo la farsa de la filosofía que clamaba Amor Omnia Vincit
cuyo silbido le devoró las entrañas.
Y el contacto, de las voces, de los roces, de las risas, de las tierras sin nombre, rezará arrodillado, ante la última Iglesia descreída que implore tu nombre.
