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El atajo de sus ojos.

Publicada el marzo 8, 2013 por MissVera

Ella miraba al café, supongo que para perderse. Quemaba más con las manos que con el mechero y a él… a él se le abría el cielo cuando le quemaba.

Fumar solo estaba permitido si se mezclaba con su aliento. Era el humo más nublado de aquella ciudad, en la que quizás todos fumaban demasiado bien. Pero nadie mejor que ella.

Caminaba a zancadas, evitando las baldosas azules. Él, de vez en cuando, caminaba junto a ella observando como ese mar de asfalto no era capaz de alcanzar sus pies de bailarina.

A veces, no se atrevía a tocarla, como si fuera a evaporarse al contacto de unas manos acostumbradas a hablar sobre caricias, sin haber regalado ninguna. Y, otras veces, palabras mal acostumbradas se escondían bajo su lengua, donde el miedo nunca miraba.

Él podía regalarle la luna, si ella le mostraba el atajo de sus ojos. Pero él no sabía que esos ojos le pertenecían, aunque ella era experta en guardar secretos en bolsillos rotos.

Y así es cómo los días pasaban en las vidas de otros, pero no en las suyas, porque en estas, el tiempo no se había inventado todavía. Sabían que el día terminaba por el sabor del último beso. Era el reloj más perfecto del mundo.

Y después, después de todos los días de la vida de cualquiera, tras el paso de las horas anquilosadas en un adiós, estaba aquel día.

El día en que supo que ella era una nube de papel couche y la vio bajando por las ramblas  perseguida por el contoneo de unos Vuitton grisáceos mientras el sol le cedía paso.

El día en que Liceo  cambió Edipo en Colono por Tres Sombreros de copa solo porque a ella le apetecía reír. Y las floristerías se inventaron gladiolos del color de la risa y los niños no hicieron ruido al jugar por si a ella podía molestarle.

El día que contenía el instante que él nunca querría olvidar.
El instante que la vio morir.

Ella se detuvo y encendió su pitillo y él que la observaba desde lejos se pregunto si las vidas ajenas tendrían sentido sin ella. Si esa manera de fumar, de pestañear, de respirar, no darían sentido a cualquier forma de existencia.

Desde el infinito tramo de espacio que distaba entre ambos, él se preguntó si se podría morir de ella.

El cielo que había comenzado a nublarse, sentenció que todo lo que no se hace, no se dice o tan solo se imagina, queda postergado al olvido.

Y todos los cafés, los cigarros, los paseos, las lunas y los ojos que siempre serian de él, habían quedado reducidos a cenizas porque se había pasado la vida en el espacio infinito que distaba de ella. Cuando la perdió de vista, supo que toda su vida sería un cobarde. Que no tenía sangre.
Un sencillo “Disculpa, ¿sabes cómo llegar al mercado?”  y su realidad cobro sentido.
Fueron en su mente milenios los que se detuvo a observar como las pecas adornaban sus mejillas o como sus labios dibujaban la sonrisa más triste que jamás había visto.

Fueron milenios los que capturó, alargando el recuerdo del flequillo que se dejaba morir en su frente y escondía sutilmente su ojo derecho que parecía observar desde la sombra.

Y después de los milenios respondió “Lo siento, no lo sé”
O quizá solo quiso decir “Primero besaré la comisura de tus labios, después arrastraré el mercado aquí, para que no desgastes la suela del caro zapato que llevas sólo para disimular que estás triste y no quieres que nadie olvide que caminas como una diosa”

O quizá solo quiso decir que la amaba.

Cuando ella se giró dejándole de regalo una sonrisa y un “No importa, gracias igualmente” él vio que aquel Ford Focus rojo con matricula 3845 CTL no se detendría.

Y gritó.

Y vio como los restos del sueño que le mantenía con vida tenían forma de camilla de hospital y olían a “Hemos hecho todo lo que hemos podido”.

Respiro hondo y se quedo clavado al suelo, entre gritos y sirenas de ambulancias. Respiro una segunda vez y siguió haciéndolo hasta que la calle estuvo despejada y Las Ramblas lucían insípidas sin el sonido de sus zapatos. Y el Liceo estallo en carcajadas sin ella y las vidas ajenas seguían teniendo sentido.

Sabía que el día había terminado por el sabor del último beso. Era el reloj más perfecto del mundo.

Hasta aquel instante en el que supo que el tiempo había regresado a su vida y le habia recordado que existia en el día que nunca querría olvidar. Porque era el día en que se había marchado.
Porque era el día en el que los secretos de los bolsillos rotos confesaron que sí, que era posible morir de ella.

Coautora: Aurora Maldonado Calvo.

Categoría: 2013, Poemas

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