El cielo está tintado de rojo. Pueden verse los destellos de una blanquecina luz que parece anunciar la tragedia.
Pero yo no tengo miedo.
Sé que estás a mi lado.
Las tribulaciones siguen su curso. Todo espera callado desde que me dejaste libre de tu amor porque sabías que me mataba. Y ahora que ando perdida en este frío paraje, observando como poco a poco el cielo se tiñe de sangre me doy cuenta de que tu amor es lo único que me queda.
Querido sol de mi vida, no vi derramar sangre de ningún hermano contra otro, ni recuerdo haber presenciado una encarnizada lucha de supervivencia entre iguales. Esto ha sido un sacrificio, un holocausto contra nosotros mismos.
Aconteció el desgarro de los prejuicios contra el alma y hemos de soportar como se apodera de nosotros el miedo mientras corremos desamparados sabiendo que habitamos desde hace siglos bajo el techo de la locura.
Amor mío quédate donde quiera que te halles si allí eres feliz y te aguardas a salvo, o regresa para liberarme si sientes que la única poseedora de tu corazón soy yo.
Pero no me dejes seguir contemplando este cielo que, tintado de sangre, me recuerda que hasta el amanecer cae en la más mísera oscuridad si no me miran tus ojos cuando despierto.
Estaba asustada y ahora que te he recordado las fuerzas han regresado a mí como una espada afilada dispuesta a vencer.
Sonrío mientras compruebo que la latente oscuridad ha borrado en unos segundos la sangre que empañaba el firmamento. Y yo siempre estaré mas segura en la penumbra donde no puedes ver a quien te engaña con argucias o te embauca como si fueras un fútil pupilo.
Cariño mío, dejo las últimas gotas de la victoria de los caídos atrás mientras regreso a mi morada un poco menos inquieta.
Ojalá que los días mantengan vivo tu recuerdo en mi interior dejándome en los labios los restos dulces de el reencuentro.
Y mañana, mañana volveré a ver ese amanecer impregnado con la certeza de que la única locura en la que me dejaré vencer será la que manche el firmamento con tu sangre.
Diciembre. 17.