No recuerdo la última vez, todas me saben a despedida.
Y ella se dejó robar un beso al grito de «El comunismo ha muerto».
Después cayó el agua del cielo como si no necesitara permiso.
Los días después de un beso, solían pintarse de calles vacías, por las que no pasaba nadie excepto los que no sabían adonde ir.
De conversos llenos de dudas, de atardeceres con el esmalte desgastado por la prisa.
Los días después de un beso, no eran días aptos para buscar el amor entre los versos de algún poeta gaditano.
Tiempo de cerrar libros, de abrir cervezas y esperar que la próxima vez, la historia se escribiera sin velocidad.
El comunismo no funciona.
Y la vida es un despertador anclado en las 7 que no depende de una pila.
Así que ella decidió despertar del letargo olvidándose de promesas que nunca se hicieron, de Gades y sus poetas, de despedidas que nunca pronunciaban la palabra adiós.
Determinó morir entre versos y distancias de cinco milímetros.
Entre calles de transeúntes sin destino, que sólo necesitaban tener dos pies para seguir.
No recordaba sus nombres, ni las fechas ni los tatuajes que no llevasen las vocales de su ángel de la guarda.
No recordaba canciones ni pasajes que evocaran a tiempos mejores.
Sólo a Extremoduro y el sabor de unos años en los que se escondió la risa para proteger el recuerdo.
Sólo un cigarro y una copa de vino.
No necesitaba más que el sonido del despertador a las siete.
Y unas huellas, que yacieran ancladas a la avenida de las direcciones prohibidas.