Era la electricidad de sus manos.
O que se llevo la suma de las horas que se anclaban al tiempo y se soldaban al aire que él respiró durante 6 horas.
Era un lapso que desembocó en la nada más hábil.
Si es que ella no sabe mirar a nadie como a él, aunque fuera cuestión de recordar que se podrían aprender nuevos idiomas entre los movimientos de sus labios.
Si es que el veneno de un adiós se pareció por un soplo, a la más preciosa historia de ficción jamás contada.
Si esa historia, la narró un niño que como arma más mortífera tenía la imaginación.
Si de repente el aire, parecía la mejor inspiración que atrapar en cualquier noche de miércoles.
Le suscito una duda y después se extendieron los imperios de su acento por todo el universo. Y Everett moriría sin entender, porque la química de las señales que él le mandaba, hacía converger el cosmos en un latido.
Ni siquiera él, entendería jamás cuanto lo quiso por un momento.
Cuanto amó el amor, tenerlo entre sus fechas.
Pasaron los días, entre estatuas bañadas en cartón, mientras ella acompañaba a Luis Rosales a buscar olas amarradas al lamento.
Y cuando hubieron pasado más de un millón,
quizá se dio cuenta de que la electricidad de sus dedos, la expulsaría del averno en cada evocación, en cada último día de alguna vida.
La desterraría del pozo de las almas que esperan que el pasado y el futuro, les cuenten como anclarse a la eternidad, como desaprender a morir, como lacerar las heridas del alma.
Él seguirá en algún lugar del mundo, recogiendo el oxígeno de las banalidades y tatuando en los caminos que se extienden sólo hasta donde alcanza la vista, que los muros de acero dominarán las naciones.
Ella seguirá pensando, desde el universo que Everett le pintó, que moriría de exceso de las palabras que sellaron sus labios y que la energía de sus manos, podría alumbrar todo el orbe ocupado por las seis horas, excepto a las naciones gobernadas
por la cobardía.
Aunque nadie sabría jamás, que siempre era la electricidad de sus manos.
Y que los universos en los que morirían separados, contaban que nunca dejaría de serlo.