Los huracanes giran en sentido contrario a las agujas del reloj.
Por eso siempre llegan con prisa.
Zenón me ha colgado el teléfono,
dice que soy un argumento
inconcluso, ilógico.
Tengo en las uñas la piel de su última noche rezando mis latidos.
Calcinaré la Ataraxia y enfermaré vuestros campos de mis jadeos en el abrigo de la noche.
Obligada a cubrir los espejos de entropía, apelé a un dios amigo y fui sepultada por un Estagirita engreído.
Recurrí mi sentencia tantas veces que olvidé declararme culpable.
Querida Simone…
He probado el mismo veneno que tú, al menos a ti te mató de amor y no de versos.
Los huracanes pueden llorar hasta nueve trillones de litros de lluvia en un día.
Ojalá en mi juicio final,
solo queden cuerpos flotando
donde parasitan buenas intenciones,
o juegos de palabras,
o vistazos al alma,
en un duelo de espadas melladas.
El Compasivo no tiene compasión para los ególatras,
para los enaltecidos por el vicio.
Y yo, he cerrado, con mis llamas, las puertas de este reino.
Esperaré mi ejecución
con un café frío,
un mar callado,
y un insecto en mi tela de araña.
Él también arderá conmigo
para concluir los argumentos,
refutar la lógica,
y decirte, querido Zenón,
que en la primera calada derrocaré las virtudes,
y en la número cinco,
jugaremos una última noche al azar.