Ella siempre solía decir que la mejor manera de encontrar la luna en diciembre, era no perder de vista al sol.
El resultado del latido,
es sólo el pálpito
de todos los hombres,
que crees que te han amado
alguna vez.
Ahora, el corazón
se le ha parado.
Y nadie sabe
Como encenderlo.
Ahora llueve dentro de ella,
tatuando el mes de abril
en cada gota.
Pero luego estás tú.
Luego, cuando los árboles
se caen antes que las hojas,
y el sol es sólo la sombra de un ciprés acortada por la espalda.
Ella siempre solía hacer
de los poemas de amor,
una oda a sus labios.
Pero él mordía
demasiado fuerte.
Y la tinta
se llenó de portazos excitantes,
de listas en las que el único deseo antes de morir era estar vivo.
De miradas sin brújula, de abrazos escindidos.
El solía decir que hablaba demasiado sobre lo que solía hacer y ella despertó.
Y detrás del color del otoño,
de la firma del verano en la espalda,
de las veces en las que su zancada hacia la muerte se había detenido por el viento.
Detrás de aquello que nunca pudo haber sido, y todo lo que no fue, estaba él.