Necesitaba la poesía
como una luz candente, en las
cavernas del infierno.
Necesitaba la poesía
como un pez
que suplica morir por la boca.
Necesitaba del verbo
de un soneto
que demanda olvidar
cuanto sé de mi.
He sido devuelta
al páramo de Rulfo,
donde las historias
sobre fogatas que anidan la carne,
me encuentran desnuda
riendo para Nick Carter.
Nadie entiende nada,
no solo Nueva York
ante los ojos de Lorca.
Nadie pone la mano,
aunque el fuego
solo sea una ceniza gélida.
Nadie derrota,
nadie pelea,
nadie derroca,
nadie deserta
de guerras
en las que sólo vence el César.
Pero yo necesitaba
de la poesía
que sangraba en 1927,
mientras San Pedro
montaba el caballo del quinto jinete
donde estar muerto
solo era cuestión de pasear
por el verso equivocado.
Y sentían
el paso de los años
como un persecutor
insaciable.
Y me devuelven
el tempo
mientras Buñuel
me rasga las pupilas
y Dalí llora
por los versos
que el poeta americano
nunca le dijo.