Echo de menos los lunes.
A veces imagino que apareces de repente y mis huesos se echan a temblar, sabiendo que esta vez, sí será la última.
Tú y yo nos encontramos cuando digo «Te extraño» y pregunto si, al menos, has recordado que me había ido sin cerrar.
Tú y yo nos perdimos en el manual: veinte señales de que él sólo te quiere a partir de las doce.
La cenicienta siempre me pareció demasiado insolente.
Añoro las tardes en las que te hablaba del cielo de Dublín, mojando los zapatos de Joyce.
De los trazos de un Manet o la perspectiva por la que luchar, cuando eres incapaz de observar a Picasso y adormecer la ira.
Pero nos hemos acabado pareciendo a la última calada de un Marqués,
a los carteles mojados, a las letras cansadas.
Hemos despejado la X y era igual a la forma en la que tus juicios me abrasaban el alma.
Yo siempre fui puta.
Tú sólo pescabas sirenas que no sabían nadar.
Yo siempre la leche en exceso y el café contado,
tú siempre tan preparado para derramar.
Mi falda demasiado corta,
tus dientes demasiado largos.
Los versos demasiado obtusos,
La luna demasiado luna, para ti.
Echo de menos los lunes en los que al menos podía ver cómo mi poeta favorito, mataba a una tal Laura.
Te quiero conmigo a veces.
A veces, cuando creo que dos personas que apenas se conocen, podrían coser el mundo estando un poco más cerca.
A veces, cuando la respuesta correcta es «no lo sé» aunque tú siempre marques la c.
A veces, cuando mi boca me traiciona, y dejo la falda entreabierta y la puerta blindada.
Yo siempre fui puta
Y tú siempre olvidabas la última propina.