Él decía que no
habitaba nada dentro
de sí.
Que su historia,
no era más que
un cuento que
cuenta un idiota,
para adormecer
las dudas.
Que era un ensayo
corroido por las burlas.
Que era sólo el himno
que entonaba alguien
enfadado con la vida.
Él caminaba
siempre con prisa.
Nunca lo vi detenerse
a escuchar mis palabras.
Nunca creí
que, alguna vez,
hubiera creído que
era hermosa.
Muchos días,
se levantaba
cansado
de que el día
tardase en morir
24 horas.
Otros,
me despertaba
entre fuegos artificiales
que expiraban
con tosquedad.
Él creía
conocerse
como un mapa de
carretera.
Y dudaba
de si yo podía conducir
su mirada
sin saber manejar
un coche.
Él sigue sin
creer una palabra
de mi boca
que le hable de libertad.
«Corren malos tiempos
para que la libertad sea libre»
Y me mira,
como si la locura
fuera una deuda
exenta de aval.
Y amanece un nuevo sol
que nos deslumbra.
Y me devora la duda
de porqué evita
mirarme demasiado
pero sigue acariciándome
con besos.
Y yo,
me guardo en el bolsillo
la historia,
que descubre
que ese alma distante,
que ese enfado constante,
que esa palanca de frenos,
es sólo una burla
para engañar al tiempo
para evitar que el momento
no le baste.
Y le ofrezco mi locura
a cambio de un verso.
Y le regalo un
infarto de una hora,
a cambio
de un tímido beso.