No le gustan las espinacas.
Él suele decir que no le importa comerlas, pero luego, se ríe y propone otra cosa para cenar.
Le gusta salir a comprar a las grandes superficies y detenerse en la zona de los equipos de música. Ningunos altavoces son lo suficientemente buenos excepto si traen incorporados a Pepe Roca para que nos cante los domingos.
Le gusta cada vez menos la carne, ahora ha decidido que la mejor forma de entender el tabaco, es no poder ni verlo.
Es más de licor de hierbas que de Whisky, más de Sabina que de Serrat, más de De Niro que de Pacino.
Si todas las películas estuvieran protagonizadas por Anthony Hopkins, iría todos los días al cine y, pese a que los años asientan las manías más acérrimas, sigue detestando «Los puentes de Madison».
Es de los que prefieren a Ken Follet aunque pueda escoger entre los doscientos ejemplares del eBook.
Le hace el amor a la guitarra y canta por Carlos Goñi todas las canciones del Básico dos. Sólo del dos.
Siempre de Álvaro Urquijo, de Dire Straits, de Lady Laura.
Siempre fiel a los mejores consejos, anunciados por un Rioja.
A que el amor no se compra ni se busca, que los celos son demonios inútiles y que de todas las cosas prescindibles, amarse no es una de ellas.
Fiel al sol de Gades, al agua de La Manga del Mar menor, al vino dulce y al Flor de Esgueva.
Es probablemente el mejor Médico que haya conocido y la única persona que me ha enseñado que la vida del ser humano, no se valora con etiquetas de 9.99.
Quiere jubilarse a los 75 porque sabe que la peor despedida será con la medicina.
Tiene muchas manías, y ella las aguanta todas con una paciencia estoica.
Ella es la otra parte, su mitad, la que hace que él sea un poco menos gruñón y que el resto de nosotros, sigamos vivos después de veinticuatro horas con nosotros mismos.
No sabría decir cuántas cosas sé de él, ni cuánto nos hemos querido a lo largo de los años. No nos hacen falta los ‘te quiero’ ni los halagos si podemos cambiarlos por alguna crítica voraz.
Pero así somos, así es él.
El que siempre afirmará que los niños dejan de hacer gracia cuando crecen, el del Atleti, el autor del mejor soneto jamás escrito.
El padre con el que volvería a vivir mil vidas, y a consumir mis días entre acordes de Springsteen, entre las películas que le aburren, entre espinacas que siempre se pueden posponer.
A consumir mis días brindando con una copa de crianza de 2012, pero contigo.
Siempre contigo.
