Ya no me gusta el carnaval.
Ni que las niñas se vistan de princesas. Que me inunde el placer de ocultar mis ojos con trazos de un maquillaje que no se borra.
Ya no quiero canciones con las que reírme de los infortunios de otros tiempos, ni esperar al pasodoble para lamentar los errores.
He perdido las ganas de alargar el mes más breve, de contar las horas dos veces, para que nunca se acabe.
He cambiado el antifaz por tus manos, el maquillaje por tus dedos y me he vestido de valiente.
Porque llegas silbando la canción más hermosa del mundo, cambiándome los gritos por cosquillas y preparado para escuchar una historia que nunca come perdices.
Y me vistes las veces, de galaxias infinitas. Y tu risa es el mejor de los disfraces.
Cambié la emoción de una comparsa, por unos lacasitos llenos de intenciones.
Y me comí las noches llenas de salsa picante.
Eres el resultado de todas las sumas, el perdón de un Dios que se coge vacaciones los viernes. Eres todo lo que quiero bailar el resto de mi vida.
Que muera el carnaval, que perezcan los bufones que no tengan tu sentido del humor y que empiece la función.
Que los cigarros son el telón, que el Falla es una caricia cualquiera y la ovación una tarta de manzana.
Que lo único de lo que desee vestirme el resto de los años, sea de un beso robado en la calle melancolía, de unos labios pintados de licor de limón.
He perdido las ganas de alargar los 28 días de un Febrero que llora de rabia porque vienes tarde.
Y abro los ojos, y tus manos se quedan marcadas, y el amor, es una chirigota que no te deja llorar de pena, que se presenta sin prisa, vestido de paciencia en el minuto 93, para despedir las heridas.
Y el amor es ese aplauso a un telón que al abrirse te encuentra mirándome como si me desgastaran los vistazos, como si fuera el acorde mas infinito.
Y tu risa, mi amor, es y será siempre el mejor mis disfraces.