La cafeína a la citocinesis
es lo que el tiempo a la inocencia.
Nadie lo sabe pero una siempre consume a la otra.
Hay quien no comprende la biología de las cosas casuales que no explican los libros.
Hay quien repele las virtudes de aquello que no depende de un trozo de comida para despertar al amanecer.
Hoy, alguien me ha enseñado que la cafeína erradica la evolución de las raíces laterales.
Y yo sólo podía sonreír mientras me daba cuenta de que, a veces, una taza de café también fulmina nuestras propias raíces.
No somos tan diferentes después de todo.
Hoy ha sido el día después.
El día en que depuramos los restos de una batalla contada por soldados hermanos. Todos los vencedores y derrotados se parecen a uno mismo al final.
Hemos bebido de las sobras de ayer. De la taza marcada de rojo, de las miserias que acunamos cada segundo que se acerca al domingo.
Pero nadie se ha acordado de Camillo Golgi esta madrugada.
Ni de que sólo nosotros podemos regenerar nuestra propia raíz lateral.
Nadie se acuerda que somos el acierto de una Meiosis inesperada, la evolución de tejidos más acrisolada, a veces lo único poseedor de cognición en esta esfera.
Nadie recuerda que somos el conjunto de procesos que resultan medidos por ínfimas deidades que algunos llaman Dios, y otros simplemente células.
Y cuando llega el domingo, algunos irrumpimos en él, recordando que hay seres que no pueden evitar que se destruyan sus propias raíces, pero que nosotros siempre podemos agitar un café recalentado y pensar en renacer de nuevo.
Renacer sin citoplasmas ni células binucleadas, sin Avery, sin Jenner sin Lamarck. Sólo el sabor de las cosas que nos impiden arrancar el suelo a cada paso.
Otros, pasan el domingo sin degustar lo pequeño de la vida. O ahogados en océanos que son charcos de 5 milímetros.
Muchas veces, la citocinesis es a la inocencia, lo que el tiempo a la cafeína.
Inevitablemente inestables.
Hoy, alguien me ha enseñado que la cafeína erradica la evolución de las raíces laterales.
Y yo sólo puedo sonreír mientras me doy cuenta de que a veces, aquellos que conocen los recónditos escondites de las cosas casuales, son los únicos que pueden contarnos la desolación que dejan atrás nuestros pasos.
Y me sirvo otro café, sintiendo que después de todo, nunca seremos tan diferentes.