La serpiente Taipan apareció
con el primer grano de arena
de una playa adusta.
Una mujer, se enfrentó a ella
y le susurró
que fue concebida
del veneno de un amor
disimulado y añejo.
Juró ante la escritura
del último versículo
de un sexo mantenido con sangre
que dormiría los besos
que le dabas,
con poemas de Rosales.
La serpiente miró con desapego
y lamentó ser la única iluminada.
Después partió.
Y el sabor de la tierra
que nunca pisamos
del secreto que nunca
le contamos a nuestra piel,
del vestido de un tiempo
en que la confianza
era un pecado perseguido
por la tácita mentira.
El decoro de un noble caballero
o la pasión, o el echarme de menos,
o el quererme sin poder querer,
Tenerme asi
O la luz en que me vi en tus ojos sin reparar en mi.
Y todos los versos
Y todos los vientos
Y todos los tempos
te amaron a ti.
Ahora los números juegan a cuadrar exactitudes inventadas.
Abril me menciona en cada verbo conjugado sobre química de errores.
Y yo trato de hacer
veintidós veces,
que la misma historia
tenga un sentido converso.
Trato de impugnar
las certezas
a un destino dormido
de donar los regresos
a una tierra escondida.
Y encontrarte a ti sin mí,
sin mí memoria,
sin mis besos,
sin la piel fría,
sin el sol tenue,
sin lunas crecientes.
Sin todas las letras
disipadas en la tarde
en que supe, que esperarte
en el averno,
no era un designio,
no era un pretexto.
En los remotos
momentos
en que la luna se tiñe de sangre
Y solventa tu ausencia.
En los que la serpiente regresa
y nos vierte su veneno en el recuerdo.
Y nos confiesa la vida
que entre los tenues remiendos
o entre los llantos ceñidos
o en las muertes de los vientos
o en las cunas de los vivos.
Y nos revela el resonar
de los tambores
que haberte amado a ti
sólo lo paga mi olvido.